sábado, 22 de marzo de 2014

¡ PERO TÚ ERES MUY SIMPÁTICA !




Hace bastantes años, en un pub de moda, un conocido me pidió que le presentase a una de mis amigas porque tenía mucho interés en conocerla, dado que mi amiga, palabras textuales, “estaba buenísima”. En el momento que me lo dijo, como disculpa por no tenerme en consideración, me soltó eso de “ pero tú eres muy simpática”.


Por aquel entonces, me pareció un piropo envenenado, el premio de consolación de quien no está a la altura ni despierta el interés del susodicho ( y eso que el tipo en cuestión, no me interesaba en absoluto) pero cosas del ego juvenil, no lo vi como un halago, sino como una puñalada trapera. No sé por qué, pero las mujeres muchas veces, nos hemos mirado de reojo, como si fuéramos rivales, con desconfianza, intentando competir por ser la más de lo más, de forma soterrada o evidente, pero sin duda, compitiendo por ser la mejor. La más inteligente, la más sexy, la más guapa, la mejor preparada, la que más trabaja, la que saca mejores notas…lo cual ha supuesto un grado de autoexigencia que, seguramente, ha derivado en esa “super woman” que todas pretendemos ser y que para soportar tal presión, superamos con creces, el nivel tolerable de equilibrio mental y físico.

Esta competitividad la he vivido, por desgracia, en varios trabajos que tuve antes de ser autónoma, donde la chica nueva ( o sea, yo) era una amenaza a la estabilidad del trabajo del resto de mis compañeras, entorpeciendo mi labor de colaboración o refuerzo, por el inmenso temor de que lo hiciese mejor que ellas. Y sin embargo, ahora que soy empresaria, trabajo con tres mujeres con las que me entiendo muy bien, trabajamos en equipo, sin celos, tensiones, y una grandísima complicidad, sin que entre nosotras haya ningún tipo de competición, sino una colaboración absoluta y apoyo emocional que nunca encontraré trabajando con un hombre.

Yo no creo en la rivalidad natural entre mujeres. Creo, en todo caso, que por inseguridad, exigencia social, presión por competitividad en un mundo de hombres, nos impide, muchas veces, comportarnos con aquella espontaneidad con la que nos buscábamos en los colegios para hacer grupos de chicas, contarnos intimidades, confidencias, tender lazos afectivos y apoyarnos recíprocamente.

He escuchado, muchas veces, en bocas de mujeres hechas y derechas, cómo era posible que su pareja la abandonase por otra, cuando ella era más guapa, más trabajadora, más inteligente. Supongo que, ante todo, debiéramos hacer una cura de humildad por creernos más que nadie. Está bien tener el ego saneado, pero no en exceso para caer en la vanidad, ni en defecto, para infravalorarnos.

Probablemente, la explicación más sencilla es que la rutina y el cansancio de estar durante años con la misma persona y la novedad, sea un revulsivo para la virilidad masculina o eso que se llama ilusión. Otra explicación pudiera ser, que en la vida, uno pasa por diversas fases, y las parejas evolucionan de forma diferente y aquella persona, que en otras circunstancias hubiera pasado desapercibida, llega en el momento oportuno de esa fase vital de cambio y cubre sus demandas afectivas.

Si algo he aprendido en mis 38 años es que tu pareja jamás satisfará todas tus demandas y exigencias, y que aunque sea tu compañero de vida, es necesario cerrar el círculo de necesidades con personas ajenas a tu relación. También he aprendido que en esto de los afectos, por mucho que trabajes, te esfuerces, te prepares, el cariño o el enamoramiento, no es una oposición que se saca como recompensa a tus muchos esfuerzos. Hay factores físicos, químicos, sociales, culturales y la oportunidad que hacen que esa persona se fije en ti o te tenga en consideración, aunque no seas un dechado de virtudes.

Así que hoy, si algún individuo como el de aquel entonces, me dice que me considera simpática, se lo agradeceré infinitamente. Entre otras cosas, porque no valorará si soy o no guapa, que ya se sabe que esto de la belleza es muy subjetivo y efímero, sino porque, tener sentido del humor denota inteligencia, sobre todo, cuando uno se ríe de sí mismo y de sus carencias, asumiendo que pese a los múltiples defectos, nadie se parece a otro y cada uno es único.

           

domingo, 16 de marzo de 2014

HASTA DONDE ESTÁS



Hoy amaneció con un sol brillante que anuncia la primavera, que desentumece los huesos y te hace sonreír aunque no quieras. Y hoy, fue un día de celebración. Mi padre hubiera cumplido 67 años. Asi que, aunque como bien escuché el otro día, uno nunca olvida, todos los días recuerda aprendiendo a convivir con el dolor de la ausencia, salimos a comer fuera para celebrarlo, tal y como él hubiera querido.
 Hoy le recordamos como era él, con su alegría inmensa, su buen humor, su valentía y dignidad ante la enfermedad en la que otros nos hubiéramos sumido en la oscuridad, el que bromeaba antes de entrar en quirófano diciéndole a la enfermera que no le afeitase, porque era metrosexual o cuando el médico le proponía una nueva prueba, más molesta que la anterior y le decía con su acento extremeño que nunca perdió “ Doctor, a mi ya me han hecho de todo menos la autopsia”.
Aquí dejo un vídeo con algunas fotos para el recuerdo, y de fondo, la impresionante voz de Josh Groban, que, para los que aprobamos inglés más o menos justito, dejo la letra traducida y que comparto absolutamente:

“Hasta donde estás

¿Quién puede decir con seguridad?
Quizá sigues aquí
Te siento a mi alrededor
Tu recuerdo es tan claro

En la profundidad de la calma
Te puedo escuchar hablar
Sigues siendo una inspiración
Puede ser

Que tu eres mi
Amor eterno
Cuidándome
Desde allá arriba

Vuélame hasta donde estás
Más allá de la estrella distante
Deseo en esta noche
Ver tu sonrisa
Aunque sea solamente por un rato
Para saber que estás ahí
A un respiro de distancia, no es muy lejos,
Hasta donde estás

¿Estás durmiendo tranquilamente
Aquí dentro de mi sueño?
¿Y no se la creencia de la fe
Que todo el poder no puede ser visto?

Mientras mi corazón te abraza
A solo un latido de distancia
Acaricio todo lo que me diste
Cada día

Porque tu eres mi
Amor eterno
Cuidándome
Desde allá arriba

Y yo creo
Que los ángeles respiran
Y que el amor sobrevivirá
Y nunca se irá

Vuélame hasta donde estás
Más allá de la estrella distante
Deseo en esta noche
Ver tu sonrisa
Aunque sea solamente por un rato
Para saber que estás ahí
A un respiro de distancia, no es muy lejos,
Hasta donde estás

Sé que estás ahí
A un respiro de distancia, no es muy lejos,
Hasta donde estás”


Feliz cumpleaños, monstruiño. Ni un solo día nos olvidamos de ti. Te prometo que intentamos cada día, vivir por ti. Te queremos.



miércoles, 5 de marzo de 2014

LA RESILIENCIA



“ No son los más fuertes de la especie los que sobreviven,
 ni los más inteligentes.
Sobreviven los más flexibles
y adaptables a los cambios”.
Charles Darwin, “ El origen de las especies”. 

Cada mañana, después de la ducha, me seco con esmero y especial cuidado la cicatriz de debajo del ombligo. Después de un mes, apenas queda una pequeña inflamación y una línea que cada vez se iguala más con el resto de la piel. Sin embargo, por dentro, las heridas llevan otro ritmo de curación, más pausado, más lento.

Todos tenemos alguna herida dentro que no acaba de curar. Probablemente, tenemos pendiente ese proceso de sanear y cicatrizar, de olvidar y perdonar, de superar y pasar página. El ADN define lo que somos, no quienes somos, que no deja de cambiar en función de los acontecimientos vitales que nos sorprenden cada día, que no dependen de nosotros, o sí, muchos sí, como férrea creyente del libre albedrío y de que todos tenemos absoluta libertad sobre nuestros actos, sin más límite que los prejuicios.

Durante mucho tiempo, pensé que aquellos que superaban las adversidades eran los más fuertes, los más estables psíquica y físicamente, los que no se daban licencias para flaquear. Esa estabilidad, muchas veces, es producto de una vida cómoda, carente de sobresaltos, sorpresas, de una plácida rutina que controlas y te da seguridad.
Sin embargo, el tiempo y el discurrir de la vida, me han demostrado que los supervivientes de toda desgracia, son aquellos que, como muy bien definía Darwin, mejor se adaptan a los cambios, que no se niegan a incorporar a su autobiografía lo acontecido, como defensa para mitigar el dolor que este recuerdo les causa. De repente, todo da un vuelco, la agenda cambia, y lo que hasta entonces estaba en equilibrio, se rompe, dejas de ser quien eras, te desprendes de aquello que eran los pilares de tu vida y se abre un abismo ante ti. No sabes si vas a poder superarlo en algún momento, y que, de tus actos en ese instante, dependerá tu futuro. Y lo superas, con cicatrices, aunque quisiéramos borrar ese golpe, esa muesca en nuestra integridad, y volver a ser como antes, cuando todo fluía con apacible normalidad.  Pero la cicatriz es el recuerdo tangible de que ocurrió y que nada volverá a ser igual. Con el tiempo se difumina, pero, aunque imperceptible, sigue estando ahí. A veces, curan en falso, y se quedan en un remoto lugar de la mente para martirizarnos de forma más o menos solapada y otras, se reactiva cuando el mecanismo de defensa no funciona. Pero en ese estado latente, nos causa un perjuicio cuando no la controlamos y ella se hace dueña de nuestra vida y nuestros actos.

 Las heridas cierran si queremos que lo hagan, si las desinfectamos con afectos, con fuerza de voluntad, con energía positiva, con admitirnos flaquear y caer para levantarnos, cuando lloramos y sacamos los temores, cuando nos concedemos la licencia de ser débiles y mostrarnos así. Lo contrario, es condenarnos a un ostracismo insuperable que te paraliza, agarrota, te impide crecer como persona y superar la adversidad.

Esta capacidad de adaptarse a los cambios, de recomponerse la definen en Psicología como resiliencia. Vivir implica la necesidad de adaptarse a los cambios, de ser consciente que nada permanece, que todo muta, que no hay valores ni principios absolutos y que las embestidas de la adversidad nos obligan a reconfigurar nuestra escala de valores.

Como decían en un episodio de una de mis series favoritas, CSI, “ lo que somos nunca cambia; quienes somos, nunca deja de cambiar”.


martes, 18 de febrero de 2014

EL VASO MEDIO LLENO


 
Cuando tenía 8 años, uno de mis libros favoritos era “Pollyanna”. Para aquellos que no sepan de qué va la historia, se trata de una niña huérfana que tiene que irse a vivir con su tía, una señora mal encarada y amargada, y cuya sobrina tiene una extraña virtud, ver siempre el lado positivo de las cosas. Esta exaltación de lo positivo a la mayoría nos chirría, porque por lo que general, invocamos a todos los santos a diario, juramos en arameo y somos más de la ley de Murphy. Probablemente tendemos hacia lo negativo, directamente proporcional al hecho de cumplir años y ver el lado oscuro de esto que es vivir.

No obstante, en estos días de paro forzoso he estado pensando (¿ qué otra cosa puede hacer una insomne incapacitada? ) que tal vez, la Ley de Murphy se cumple porque somos unos agoreros. Al parecer, según leí no hace mucho, el 80% de las cosas malas que tememos puedan pasar, nunca pasan, con lo que haciendo caso a las probabilidades, solo hay un 20% de que nos llevemos un disgusto y nos hemos agobiado por nada. ¿ cuántas horas de privación de sueño hemos padecido pensando en lo malo que puede pasar y luego nunca pasa? ¿ quién nos compensa esa angustia vital por un problema que a la luz del día no es tal? ¿ y esa opresión en el pecho, ese temor que te hace estar irascible y que no era para tanto?.

Así que, desde hoy, creo que voy a apartar todo pensamiento pesimista y negativo a fin de ver el lado bueno de las cosas ( a veces cuesta ) y neutralizar los principios de la ley de Murphy.

Hace unos días me he tenido que operar, y evidentemente, cualquier operación tiene su riesgo, dolor, molestias, pero también algo positivo:

1.- Diagnóstico.  Allá por Diciembre, cuando física y moralmente estaba bastante mal, me dice el médico que tengo que volver a operarme. Para las que somos adictas al trabajo, es una pésima noticia, pero el lado bueno es….tienes que descansar, sí o sí. Una oportunidad estupenda para estar días sin hacer nada más que preocuparte de ti misma.

2.- Depilación. El invierno, la falta de tiempo, el frío … ¿quién tiene tiempo para depilarse? Cuando tenías más pelo que Chewaca y te repetías aquello de “ el hombre como el oso, cuanto más peludo, más hermoso” vas y tienes que rasurarte todo. Una experiencia religiosa eso de no notar nada entre la ropa y tu piel. Metrosexual, cuando vuelve el hombre y las barbas como última tendencia, por ir contracorriente. Y la pedicura, que no queda bien eso de ir arañando al quirófano, que a saber en qué se fijan los médicos cuando estás inconsciente.

3.- Limpieza general. No de la casa, esa queda hasta que vuelen los pelusones, sino limpieza interior. Y para ayuda, Fosfosoda diluída en zumo de varios sabores, si bien sigue siendo vomitiva. El lado bueno es que te hace una purga espectacular, que de tanto que visitas el baño te parece imposible que quede algo dentro y solo falta que te salga un alien. Si la Preysler hace un día de dieta depurativa a base de zumo de Pomelo, yo no voy a ser menos. A ver si va a ser esto el secreto de su eterna juventud y no las operaciones estéticas.

4.- Un día entero sin tener que preocuparte de nada. Después de la operación, con la vía, 4 tubos conectados y la sonda, y tú, sin necesidad de moverte ni para rascarte la naríz. Esto pocas veces se da en la vida, ni levantarte para orinar, con el frío que hace !

5.- Escuchar tu música. Porque los insomnes momificados, dado que no podemos movernos, no podemos dormir, ni levantarnos a orinar, ¿qué otra cosa puedes hacer además de pensar y contar ovejas? Pues escuchar música a las 3 de la mañana. Una magnífica oportunidad para dar repaso a la música de los ochenta y bailar moviendo el dedo gordo del pie, al ritmo de Level 42, Mike & the Mechanics o Wax. Sí, Pablo, también escucho a Elvis, que ya sabes que yo soy muy ecléctica y me gusta un poco de todo ( menos Los Planetas).

6.- Recibir a más gente que en una recepción papal. En un hospital, jamás te quedas solo. Tu habitación es un trajín de gente desde las 7 de la mañana ( que si el suero, el antibiótico, el calmante), la limpiadora, la que hace la cama, la que cambia las bolsas, la que te trae el desayuno, el médico, la que te toma la tensión, la temperatura, la que te viene a ver si necesitas algo, la que te dice que camines para que no tengas gases…que digo yo ¿ no sería más divertido que quedasen todos en recepción y entrasen a la vez, en plan camarote de los hermanos Marx? . Que conste que se agradece el cariño y cuidados, pero intentas no desarrollar pensamientos maquiavélicos cuando te dicen “ tienes que dormir. Quieres algo para dormir?” “pero si no me dejáis, que esto tiene más ambiente que un concierto gratis en la Playa de Riazor !” Piensa en positivo, nunca estarás sola.

7.- Dolor de espalda. El primer día te hace gracia la cama articulada, no tener que moverte para nada. El segundo día, quieres calmantes para la espalda. Lo bueno es que cuando al día siguiente te dicen que tienes que levantarte ( ¿está loca? ¿Con toda la tripa llena de grapas?) te acuerdas de Rafaella Carrá “Ay qué dolor, qué dolor, dentro de un armario, que dolor !”. En el fondo, lo estás deseando. Porque la cama es alta, sino bajabas a rolos. Un alivio para tu espalda y tus riñones, que parece que les ha pasado un camión por encima y tiene forma de S. Otra cosa es el caminar, que no es nada elegante ni sensual, pero mira, en esta vida sobre valoramos todo, hasta los andares, qué carallo, una camina como puede, aunque sea un híbrido entre Chiquito de la Calzada y Robocop. Por otra parte, yo creo que la parte del cerebro que regula el dolor es masculina. Es imposible que te duelan dos cosas a la vez. Si te duele una parte más que otra, la otra quedas relegada a mera molestia. Comprobado.

8.- Ducharse. Esa actividad que hacemos todos los días y nunca valoramos. No hay placer mayor que el sentir esa cascada de agua desde la cabeza a los pies y no este invento de lavarse “por parroquias” que además de llevarte más tiempo, es un coñazo. Hay que volver a ser primitivos para valorar esas pequeñas cosas cotidianas.

9.- Ir al baño. Que conste que no hay mayor placer, una vez extraída la sonda, que el poder orinar en un wc. Ese invento llamado “ cuña” es lo más estimulante para levantarte de la cama, caminar como Chiquito, hacer aspamientos extraños como agarrarse a la rosca de la calefacción y al lavabo y poder orinar sola. Las mujeres lo tenemos mal para orinar en la cama, como casi todo.

10.- Tiempo para todo. Una no sabe lo que el día da de sí, hasta que tiene tiempo y tiempo. Puedes leer, mirar para el techo, dormir a ratos ( la espalda, esa gran maltratada), y engancharte a una telenovela. Porque ese mundo telenovelero es apasionante. Una chica torda y pobre que se enamora de chico rico y julai, que tiene una novia que es una chunga a la que no quiere, pero como es un pusilánime y la torda es tan buena que es tonta, prepara toda clase de maldades para separarlos. Y siempre hay un embarazo por medio, que digo que a esta gente habría que hablarles de la planificación familiar y las enfermedades de transmisión sexual, que no es posible que a las alturas que estamos, no sepan las consecuencias de sus actos. Los diálogos, de traca. Ojiplática me hallo.


11.- Dejar de ser Superman. Como dice mi amiga Ale, no soy Superman ( lo dice Doña Misola, que conste). Nadie es imprescindible, y el mundo funciona igual sin mi. Así que intentaré superar este defecto, relajarme todo lo posible y descansar, que ya no me acuerdo qué es eso.

12.- Una cura de humildad. Para las que somos superman y “misola”  creemos que no necesitamos de nadie porque somos muy resueltas y autosuficientes. El verte limitada para levantarte de la cama, no poder asearte sin ayudar, ni apenas caminar, es una gran cura de humildad para bajarnos a la tierra y recordar que todos necesitamos de todos, siempre, aunque estemos en perfecto estado físico. Y también nos sirve como estímulo para la recuperación. La autonomía es un gran valor, pero también conviene recordar que en diferentes etapas de nuestra vida, necesitamos de los demás. Y recibir cariño, cuidados y afectos, que en el día a día, nos deshumanizamos.

Así que os animo a ver el lado bueno de las cosas, el vaso medio lleno, no tomarnos la vida demasiado en serio ( ya lo decían los Monty Phyton en “ La vida de Brian”) total, no hay más broma que ésta de vivir para morirnos, pero mientras tanto, como la vivamos, es cuestión de actitud. Siempre habrá un lado bueno de las cosas, aunque a veces, nos cueste encontrarlo. 

viernes, 14 de febrero de 2014

EL AMOR ESTÁ EN TODAS PARTES


Hoy es el día de los Enamorados. Es el día del Amor, el día en el que deberíamos guardar el sarcasmo y la ironía para pensar, aunque sea una vez al año, que el amor está en todas partes, como decían en aquella película, “Love Actually” ,aunque a veces no lo parezca y solo hace falta pararse un momento para recordarlo.

Los que somos escépticos, un tanto irónicos o poseemos el mismo romanticismo que un puercoespín, también tenemos nuestro corazoncito, un tanto maltrecho por alguna que otra ciclogénesis afectiva, pero que en el fondo, muy en el fondo, en la fosa abisal de nuestra mente, también sentimientos. Claro que, desde nuestro punto de vista, somos conscientes que el amor romántico al que aspiramos se parece a la realidad lo mismo que un huevo a una castaña, y la realidad no es como en esas películas románticas al igual que tampoco se parece la realidad al porno, que no va a venir el hombre de tu vida a clavar su pupila en tu pupila verde monte gallego y decirte que eres poesía, lo mismo que no vendrá un fontanero fornido, con unos triceps y bíceps de quitar el hipo a desatascarte el lavabo y decirte “ ¡vengo a hacerte el amor, hermosa!” entre otras cosas porque los fontaneros suelen estar metidos en alcantarillas y lugares de considerable hedor que lo único que te provocan son arcadas y deseando que solo sean pelos los que atasquen el lavabo, se marche pronto.
El amor, en el día a día, se disfraza de recambio de papel higiénico en su portarrollos, el último Dalky de chocolate en la nevera, o reponer las cápsulas de Dolce Gusto Capuccino en la alacena.

Pero ¿ por qué hay que celebrar el día del Amor?  Porque los que están enamorados, no les cuesta ningún trabajo evocarlo y suspirar y los que no lo están, es buen momento para recrearse en ese sentimiento tan volátil y etéreo, que hace que te salgan mariposas en el estómago, pierdas el raciocinio, todo carezca de importancia y no hay nada en el mundo más que esa persona.  Es la droga más sana y más barata ( bueno, a alguna Infanta igual le cuesta el puesto) y sin duda, todos ansiamos encontrarla en las diferentes etapa de nuestra vida, porque mientras vivimos, es lo que nos revuelve el alma.

Así que mientras buscamos razones más o menos peregrinas para evitar el día de hoy, aquellos que lo aborrezcan y piensen que esto es un invento de los grandes almacenes para sacarnos los cuartos, bajemos la guardia unos segundos. Os invito a ver el fragmento de esta película, " El amor tiene dos caras" ( ¡ y donde Barbra Streisand no canta !) a la espera de que Puccini se haga un hueco en nuestro corazón:

Disfrutad del día, y si no lo compartís por Facebook, nos hacemos una idea.

lunes, 27 de enero de 2014

CUANDO UNO SE HACE MAYOR



Cuando era pequeña, pensaba que uno se hacía adulto cuando no tenía que pedir permiso para hacer lo que le apeteciese, ni rendir cuentas a nadie, y ostentabas una absoluta libertad para obrar.

Sin embargo, ahora creo que uno se vuelve adulto, no cuando alcanza la mayoría de edad, ni cuando se independiza, ni tan siquiera cuando forma su propia familia, sino cuando ha de cuidar a sus padres o cuando éstos fallecen. A todos o al menos, a la mayoría nos pasa, cuando cruzamos el umbral de la casa familiar, de repente te ves de nuevo como un niño pequeño, sentándote en la silla donde te cuelgan las piernas y no tocas el suelo, tu madre cocinando tu comida favorita y poniendo cantidades escandalosas en tu plato como si fueras a trabajar en una mina, y tu padre a punto de limpiarte el pescado de espinas, no vaya a ser que encuentres alguna y te atragantes.

Es una sensación indescriptible saber que alguien cuida de ti, te da consejos con el corazón y son el brazo en el que apoyarte por muy torcidas que vengan las cosas, sin pedir nada a cambio, salvo el cariño y afectuo mutuo. Sabes que, aunque te caigas, habrá una red de afecto y amor infinito sujetándote para evitar que te hagas daño, y que nada malo puede sucederte porque ellos están ahí. Te permites, incluso, alguna licencia infantil, porque aún queda algo en ti de tu niñez cuando estás con ellos.

Sin embargo, cuando se invierten los roles, cuando ellos flaquean, enferman o fallecen, el rictus de tu cara cambia, al igual que tú, que te ves de repente, tomando decisiones sin nadie con quién compartirlas, sin ese consejo afectuoso y gratuito, ni la experiencia ni sabiduría de la vida que te aportaban. Dejas de lado la espontaneidad para dar paso a la reflexión, pierdes aquella sensación de abrigo y cobijo inexplicable para quedarte huérfano del alma, y abandonas definitivamente el papel de hijo para ser padre, cuidador. Entonces sale de ti, la misma paciencia infinita que tenían ellos cuando te enseñaban a caminar, a caerte y levantarte de la bicicleta o los patines, a hablar, a leer y comprendes que la vida es un ciclo en el que todo vuelve a su origen, a donde empezó, aprendes para enseñar, te cuidan para cuidar.

Hace muchos años, me gustaba leer en la cocina poemas en voz alta mientras mi madre preparaba la comida. No recuerdo qué edad tenía, probablemente pre adolescente que está descubriendo el mundo, aunque ya había visto qué había muchas clases de personas y no siempre buenas. No obstante, supongo que tenía la cabeza llena de pájaros y pululaba sobre mi un romanticismo idealista, de esos en los que crees que el amor todo lo puede, que supera los obstáculos y barreras que se proponga. “ Te ríes? Algún día sabrás niña, por qué. Mientras tú sientes todo y nada sabes, yo que no siento ya, todo lo sé”. Bécquer.
Mi madre, pese a que los poemas de Bécquer eran muy sencillos y de fácil comprensión, me dijo que éste solo lo entendería en toda su magnitud cuando fuese adulta. Y yo agregaría, cuando vienes ya de vuelta.

Uno se hace adulto cuando pierde espontaneidad y el resquicio de niñez que le quedaba, cuando la visceralidad da paso a la prudencia y contención, cuando el contrapeso de la templanza gana a la naturalidad y despreocupación. La asunción de responsabilidades, la confirmación  de que tus padres no lo sabían todo y eran invencibles, la protección que ellos te daban a ti y tú debes darle ahora a ellos, porque son frágiles y también tienen miedo. Bécquer se equivocaba. Como si se te cayera una venda de los ojos, todo lo sabes, y todo lo sientes. Al menos, sientes nostalgia de lo que fue y nunca más será. Saudade que dicen los portugueses.




viernes, 17 de enero de 2014

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

“ No me escondas el secreto de tu corazón!
¡Dímelo a mi, que soy tu amigo, sólo a mi!
Dímelo tan dulce como te sonríes,
 que no lo oirán mis oídos, sino mi corazón”.
Rabindranaz Tagore




Imaginemos, por un momento, que nos dicen que hoy es el último día de nuestra vida.  ¿ Qué haríamos?.
Habrá quien quiera apurar los segundos para hacer cosas un tanto variopintas, quién decida emborracharse, los más precavidos hacer testamento o simplemente sentarse a esperar, aunque supongo que la inmensa mayoría llamaríamos a nuestros seres queridos para despedirnos.

Probablemente reflexionaríamos sobre nuestra vida, evocando momentos felices y suspirando por todo aquello que hubiéramos querido hacer y no hemos hecho, pero sobre todo, por lo que no hemos dicho.

Siempre hay tiempo, y esto nos sirve como excusa para callar algo que pensamos o sentimos, siempre hay tiempo para confesarse, para abrirse, para desahogarse, para despedirse. Y el tiempo, como si fuera algo elástico, se estira hasta que da todo de sí y se acaba rompiendo, o más bien, agotando.

Todos tenemos una conversación pendiente y nunca es buen momento. Nos avergüenza decir lo que sentimos, por miedo al rechazo, al bochorno, a la burla o la mofa del que escucha. A todos nos han roto el corazón, todos hemos querido y no nos han querido, si bien yo creo que el sincerarse es una oportunidad, bien para avanzar, bien para sorprendernos por la reciprocidad o para concluir algo que no va a ningún sitio. Nos cuesta abrirnos y exponer lo que pensamos, acomodados tras una máscara de apariencia que nos protege ante las inclemencias sentimentales, capeando el temporal afectivo, sobreviviendo ante la adversidad para tratar de salir indemnes de la prueba de los afectos como si eso fuera posible salvo si no queremos a nadie ( entonces me hago otra pregunta, ¿ qué nos ata aquí?).

Yo también tengo conversaciones pendientes y lo peor, es que alguna no podré concluirla jamás. Ésa es la que me mortifica cada día, la de una despedida que nunca se produjo y que no supe muy bien cómo afrontar, salvo la de inyectar lorazepam cada 12 horas junto con otros cócteles para evitar el sufrimiento de a quién más quería. Tuve muchas oportunidades para tener esa conversación pendiente, en la que me contase que tenía miedo, que noté en la inflexión de su voz cuando nos dijeron “ hasta aquí”. Yo también lo tenía y mucho, compartía su dolor y sufrimiento desde antes de que supiera de la gravedad de su dolencia, y durante todo este tiempo que duró la enfermedad, mi vida fue una revolución de miedos, angustias, sobresaltos, pruebas superadas, otras no tanto y dejé de pensar en mi para pensar solo en él. Los silencios, aunque todo esté implícito, son una losa que cada día pesan más, nos encierra más en nosotros mismos, oxidando las emociones, reforzando el ostracismo y envenenando el alma. Finges que todo va bien para no enfrentarte a un dolor insoportable, finges y haces de tu vida una mentira porque la realidad se revela como algo insuperable.
   

 Yo no me despedí, no lo hice porque aunque previsible el final, no fui consciente del último día de su vida. Siempre hay tiempo, en otro momento, ahora no tengo valor, no tengo fuerzas. Pero hay que buscar el momento, el valor, las fuerzas, superar el miedo al ridículo, al mal trago, para decir lo que pensamos, para que no nos quede dentro la desazón y pena de haber perdido una oportunidad, la de sincerarnos con los demás ( ¿qué importa que se rían, que no te correspondan, qué importa lo que piense nadie? ) y saber que cualquier día puede ser el último. Llegaremos a tiempo. O no. En realidad, nunca es buen momento para morirse, pero al menos, morirnos sin nada más que decir porque ya está todo dicho.