sábado, 26 de marzo de 2016

UNA VIDA, MUCHAS VIDAS


“Cada (tic-tac) es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite.
Y hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir.
 Que cada uno resuelva como pueda”.
FRIDA KAHLO


Hace unos meses se me dio por ordenar un montón de fotografías que tenía desperdigadas en varios sobres con sus negativos. Por aquel entonces, no había la inmediatez de la foto digital ni las fotos de consumo de usar y tirar como ahora. Las fotos se sacaban en momentos puntuales, eventos sobre los que queríamos guardar un recuerdo, ya no digo para siempre, pero sí para la posteridad, la breve posteridad de lo que somos y dejaremos de ser algún día.

Revisándolas, en algún momento sonreí y en otros me pudo la nostalgia. Son segundos robados al pasado en los seguramente fuimos felices o al menos, lo intentábamos. Lo sorprendente es que apenas me reconocí en muchos de ellos. No soy la de entonces, nadie lo es, estamos en continuo cambio conforme pasan los años y los avatares de la vida nos van golpeando con más o menos fuerza para tener varias vidas en una vida.  Esos momentos parecen estar en compartimentos estancos donde empiezan y terminan, para a continuación, con algo más de sapiencia y menos inocencia, pasar a otro momento de nuestra vida. Pero a veces esos compartimentos interactúan y lastran, impidiéndote cerrar capítulos agotados que no llevan a ningún lugar. Jorge Bucay en su libro “El camino de las lágrimas”  habla de las pérdidas, del  duelo necesario para poder seguir con nuestra vida. Claro que cuando uno habla de pérdidas, piensa en alguien que ya no está porque se ha muerto. Sin embargo, pérdidas es todo aquello que dejamos atrás. Amigos, situaciones, afectos, trabajos, casas, ciudades, lo que fuimos y ya no seremos jamás. Amigos de nuestra infancia que no hemos vuelto a ver, cambios de centro de estudios, de ciudades, de retornos, de trabajos y compañeros. La vida está hecha de despedidas continuas, de principios y finales, de caminos y senderos más o menos complejos, de lágrimas y nostalgias, pero que suponen también nuevas oportunidades para explorar y seguir improvisando. Claro que a veces sería más cómodo tener un guión preestablecido que improvisar. Nos incomodan las sorpresas y nos gustan las rutinas, aunque éstas no nos agraden, tememos los cambios porque suponen un duelo, dejar lo que conocemos por un futuro incierto y sin plan B.

 Dejar el pasado duele. Duele y nos aferramos a él sin soltar el lastre porque lo pasado es conocido y lo que está por venir, no. Y ya no hablemos de una separación, del desamor. Cantaba Rocío Dúrcal que la costumbre es más fuerte que el amor.  La costumbre y el acomodo, viendo pasar el tiempo sin sorpresas, anestesiando emociones por el miedo al cambio, al temor al duelo, a recorrer el camino de las lágrimas. ¿A quién le gusta sufrir?.

A los que nos gusta controlar ( y odiamos descontrolar) nos ha costado mucho asumir que hay muchísimas variables imposibles de controlar con lo que descontrolaremos más de lo que nos gustaría. Cuestión distinta es cómo nos enfrentemos a ese descontrol. No obstante, nos frustramos y sentimos impotencia con aquello que no podemos cambiar. Cuando se le detectó el cáncer a mi padre, sentí el mayor miedo que he sentido en mi vida, impotencia, desazón, y un descontrol imposible de describir. Ya no era dueña de mis emociones, ni dependía de mi que se curase. Me tenía que resignar y ponernos en manos de otros, adaptarnos a una nueva rutina, exterior e interior. De repente te paras y piensas que lo que eras o creías ha cambiado radicalmente. Las prioridades cambian, la percepción del mundo también, de las personas, de los sentimientos. Y cometes el error de querer anestesiar el dolor que te embarga y te impide llevar una vida normal porque te aterroriza lo que puede venir o la posibilidad de perder a una de las personas que más quieres.  Es una realidad que no puedes cambiar ( esto sería lo primero que tendrías que asumir, no está en tus manos) pero sí puedes controlar cómo te vas a enfrentar a ella. Como bien describe el Dalai Lama “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.  El gran error que cometemos es negar ese dolor. Huimos. Huidas más o menos evidentes, silencios incómodos ( si no se habla, no existe), consumo de hipnóticos para dormir, ansiolíticos o antidepresivos para poder seguir viviendo, sin dolor, porque nos han vendido desde que nacemos que nuestro fin último en la vida es ser feliz, a costa de lo que sea, como sea y el dolor no forma parte de la ecuación de vivir. El que no es feliz es porque no lo intenta lo suficiente y hay que evitar todo aquello que perturbe este fin. 

Es imposible cerrar así esos compartimentos del pasado y seguir sin cuentas pendientes. Claro que para entender esto hay que pasar por momentos tristes y pérdidas que golpeen duramente nuestros cimientos que creemos imbatibles. Porque para resurgir tras un golpe, hay que pasar por él. Nadie aprende ni crece interiormente sin que un acontecimiento o circunstancia triste se produzca. Por eso a veces es bueno mirar el pasado para entender el presente y promover un futuro distinto. Yo solía mortificarme con los “ ojalá hubiera…” “ si en aquel momento hubiera hecho esto o lo otro…”. De nada vale lamentarse por algo que ya no puede cambiarse. Pero hay que pasar el duelo por lo que fue y se perdió para retomar el presente y saber que ahora sí se puede hacer lo que consideras necesario, ya no tanto para ser feliz, pero sí para alcanzar ese grado de plenitud que nos reconcilie con lo que somos y no tanto lo que quisimos ser. Si esto duele, aún hay esperanza, es que estamos vivos, y hay muchas vidas en una vida.


domingo, 21 de junio de 2015

CARTA A JULIETA



 
 EL PRINCIPITO - Antoine de Saint-Exupéry

    No habías empezado a respirar y ya cambiaste la vida de mucha gente para siempre. Tus manos pequeñas se agarraron fuerte a la vida y con el primer sonido de tu llanto, todos aquellos que te esperábamos impacientes, sonreímos repletos de felicidad. Tu llegada era tan deseada que te apabullamos a besos y caricias, esas que guardarás en el subconsciente toda tu vida, porque aunque apenas abrías los ojos y no pudieras hablar, la piel no olvida el tacto de otra piel, ni su olor, ni su calor. Vivir es una experiencia maravillosa, aunque a veces se hace un poco cuesta arriba y el camino no esté exento de trabas ni obstáculos. Pero salvarlos y superarlos son un estímulo y reto, y te aseguro que hay una gran satisfacción cuando las pruebas que se nos ponen, son salvadas con determinación y esfuerzo.
Crecerás con el cariño y amor inmenso de tus padres y tu familia, no solo la de sangre, sino la de los afectos sinceros de los amigos que por extensión a tus padres, te queremos desde el primer momento. Aún recuerdo a tu mamá diciéndome que te estaba esperando, la alegría inmensa de esa espera de meses un poco duros que afrontaba con su habitual sentido del humor.

 Hoy estás aquí, entre nosotros, deseando enseñarte tantas cosas…Pero no tengas prisa por crecer, porque nunca te sentirás mejor que ahora, cuando en las noches oscuras y tenebrosas, el abrazo reconfortante de tus padres apartarán del camino todo temor, ni cuando los cuentos se hacen realidad en los sueños, ni cuando las dudas te asaltan y preguntas a todas horas, con ansia de saber y todas esas preguntas tengan respuesta. Llegará un momento en que sufrirás, nadie puede evitarlo, pero el sufrimiento también hace que valores la alegría y los momentos felices, si no, no podríamos gozarlos de la misma manera. Cuando sufras y tengas ganas de llorar, llora, cuando quieras reír, ríe, o cuando ames, hazlo sin medida. Haz lo que tu cuerpo te pida, no limites ni obvies sus señales. Sé auténtica y no te mientas, porque mentirse implica morir un poco, dejas de ser tú mismo y nos obliga a fingir lo que no somos. La autenticidad es un valor en alza, en la forma de vivir, en la forma de ser, de comportarnos con los demás.  Cuando ames, hazlo sin pudor, sin dobleces, y entrega tu corazón a quien lo merezca. Puede que te equivoques, entonces es que esa persona, no era digna de ser querida por ti, y aunque te rompan el corazón, sigue sus directrices igualmente, con cautela pero sin temor, siempre al trozo más grande, al más auténtico, al más íntegro. En algún momento, ese amor te será correspondido y sentirás una sensación desconocida, que hará que te eleves hasta tocar las estrellas, no podrás vivir ni respirar sin esa persona, dejarás de ser egoísta para darlo todo. Sé generosa con los que no tienen o no pueden. Dar es mucho más gratificante que recibir, te completa como persona, y lo que uno da,  te será devuelto, en forma de afecto y cariño. 

Llegará un momento en que descubrirás que tus padres no lo saben todo, que no lo pueden todo, que no tendrán respuestas a tus preguntas. Los padres también necesitarán de ti con los años. A esto llama madurez. Cuanto más creces, más pequeños se hacen y más apoyo necesitan. Sé cariñosa con ellos. Te lo habrán dado todo y ahora necesitan de tu generosidad y comprensión. Recordarás su sabiduría cuando te enseñaban a caminar, cuando te cogían de la mano para que no te cayeses, o aprendías las primeras palabras para comunicarte con los demás.  Entenderás, cuando te leían cuentos de princesas y hadas, que las mujeres no debemos esperar a que nadie nos rescate de dragones o brujas, ni un príncipe azul nos liberará del opresor, sino que podemos hacer todo lo que nos propongamos, saltar murallas, luchar con espadas, montar a caballo, rasgar los vestidos largos y los convencionalismos y ser libres como el viento, sin más límites que nosotras mismas. 

No permitas que nada ni nadie te condicione, ni digan cómo debes vivir tu vida, porque tú eres la protagonista, la dueña de tus actos, la dueña de tu tiempo, de cómo quieres vivirlo, con o quién. Solo tú sabes lo que pasa en tu interior y solo tú, podrás decidir, aunque escuches consejos bien intencionados, tú tienes la última palabra. 

MI querida Julieta, intenta que este apasionante viaje que es la vida sea extraordinario, vive con intensidad todo lo que te pase, y lee, lee mucho, porque entenderás mucho mejor lo que acontece a tu alrededor. Solo espero poder disfrutar muchos años de tu presencia y verte crecer sana y feliz, sintiéndome muy orgullosa de tus logros y alegrías. Y si me necesitas, como siempre decimos tu madre y yo, sílbame, que tu hada madrina terrenal estará aquí para ayudarte y escucharte, que nunca te falten manos para sostenerte, que nunca te falte amor para abrazarte. 

Dedicado con todo mi cariño a Julieta, a sus queridos padres, Ale y Edu. 

jueves, 2 de abril de 2015

ERES UNA ISLA


“No es más sabio el que menos se equivoca,
sino quien más aprende de los errores
Enrique Rojas

Lo cantaba Víctor Manuel, lo recitaba Mario Benedetti. Somos islas. Cada uno de nosotros, por mucho que tendamos puentes hacia otras islas, e incluso nos unamos para formar archipiélagos, al final del día, nos encontramos con nuestros miedos, frustraciones, retos, sueños… Un ostracismo que determina que la autosuficiencia es lo que se espera de uno, y la dependencia emocional o física, un signo de debilidad.

Hace unos días fui a ver a un amigo que está en su peor momento. Emocional y físico. Tuvo la desventura de sufrir un ictus en Diciembre y como suele ocurrir en estos casos, tiene paralizado medio lado de su cuerpo. También era una isla. Se movía de un sitio para otro, trabajaba, estudiaba, tomaba cafés con sus amigos, se valía por sí mismo. Ahora, sin embargo, necesita de los suyos, para manejarse en el día a día, hasta para sus necesidades más básicas, las que nos dan más pudor y vergüenza. Mantiene consigo mismo una lucha personal sobre su evolución, se frustra y desespera al ver limitada su capacidad ambulatoria por estar amarrado a una silla. Es absolutamente consciente del cambio que esto ha supuesto en su vida, y cada día, con la cabeza funcionando en ebullición, se pregunta sobre su futuro, qué podrá o no hacer, qué le tiene preparado el destino. Por mucha empatía que tengamos, nunca llegaremos a entender sus temores, sus noches en vela, la prueba tan dura a la supervivencia que supuso un antes y un después en su existencia. La insoportable levedad del ser se ha convertido en la insoportable soledad del ser. Desconfía de los buenos deseos y solo da credibilidad a los malos diagnósticos, porque los médicos son así, asesinos de esperanza para evitar la frustración de las expectativas no cumplidas.

Creo que pese a ser islas, al final, todos tenemos una dependencia emocional que muchas veces se vuelve física. Sentimos la ausencia como un dolor físico, el desamor como un nudo en el corazón y eso intangible e incorpóreo que es el alma, se rompe cuando perdemos a un ser querido. Dependemos de los demás para vivir, para darle sentido a nuestra existencia, y cuando estamos bien físicamente, es una dependencia emocional, pero también demandamos un abrazo, un beso, una caricia, una sonrisa. Necesitamos sentir y que en esos momentos del día que nos superan, percibir el calor humano que nos cobije y nos haga sentir queridos, más allá de las palabras.

Este amigo necesita de todo eso. Y necesita el motor que nos moviliza, que nos hace creer cada mañana, lo que nos da energía y hace que caminemos ligeros por la calle. La Ilusión. Ilusión por volver a caminar, por volver a sentir que es dueño de su cuerpo, por volver a sentirse independiente para decidir a dónde quiere ir y cómo, por mover la mano, la pierna y caminar de nuevo. Lo que nos es dado, y lo que le fue usurpado de forma repentina, con mala fe, nocturnidad y alevosía.

No obstante, yo creo que la vida le ha dado otra oportunidad. La oportunidad de luchar y hacerse digno de seguir, una prueba extraña y cabrona, para volver a empezar y redirigir su existencia. La primera prueba es la paciencia. El objetivo ahora parece inviable, pero solo se trata de dosificar fuerzas y marcarse metas alcanzables.

Como la vida es una carrera de obstáculos, cuando veo el objetivo muy lejos, no puedo evitar recordar uno de los pasajes de uno de los libros que he leído y más me ha impactado, por ser una prueba de vida, una lucha por la supervivencia, una muestra de la dependencia para sobrevivir, del trabajo en equipo y la solidaridad.   “Milagro en los Andes” de Nando Parrado, uno de los supervivientes de aquel accidente aéreo en los Andes de un equipo de rugby que sobrevivieron 72 días en las montañas. Uno de los pasajes más emocionantes y emotivos es cuando, conscientes de que, o buscaban ayuda o morirían allí, tres de ellos se aventuraron por las montañas en condiciones extremas para pedir auxilio. Y cuanto más avanzaban, más lejos quedaban las montañas y se disipaban sus esperanzas de conseguir ayuda. Nando Parrado lo relata así:









Al final, la batalla que libramos cada uno, contra nuestros miedos y limitaciones, es en solitario. Por mucho que queramos ayudar a alguien, tendamos puentes, busquemos afectos, y seamos seres sociales, somos islas que necesitamos la “voz en off” de nuestra mente que a veces actúa como freno y otras como el impulso necesario para encontrar motivación. Porque puede haber una causa externa que nos ilusione y sea el revulsivo necesario para movernos y actuar, pero sin duda, la energía para conseguirlo está dentro de nosotros. Yo lo llamo orgullo y satisfacción personal. Otros, supervivencia. Y estoy segura que este amigo encontrará la cantidad exacta de orgullo, satisfacción, superación y supervivencia para levantarse pronto de esa silla y volver a caminar. Solo tiene que buscar esa roca como objetivo e ir hacia ella, y cuando la alcance, buscar otra, y así hasta encontrarse cerca de la montaña y poder constatar, desde lo más alto, que si se quiere, se puede. 





sábado, 7 de febrero de 2015

DUELE EL AMOR



Hace unos días fui a un funeral. No recuerdaba la última vez que asistí a uno, y eso que por desgracia, últimamente se ha ido gente muy querida. Casualmente, ninguno era creyente, con lo que no tenía sentido la celebración de un ritual en el que no creían.

Esta amiga,  por expreso deseo, quiso un entierro en la intimidad así que no podía fallarle en su despedida.  Y a la espera del  tono monótono de los funerales habituales, me senté en un banco, en la última fila, a escuchar la homilía con la congoja por la pérdida de una gran persona que se nos había ido para siempre. La iglesia estaba abarrotada, lo que me pareció muy significativo, ella se lo merecía y a las buenas personas no podemos fallarles en el último homenaje. 

El sacerdote que ofició el funeral era un señor mayor, con voz pausada y poco enfática, pero he de reconocer que nos conmovió a todos con sus palabras y casi nadie pudo omitir el llanto, incluída yo, a quien siempre le costó llorar y desde su primera frase, ya sentí un nudo en la garganta.  
 Una de las anécdotas que contó fue la de un niño que lloraba la pérdida de su abuelo. Y en el funeral, no podía dejar de llorar pese a los intentos vanos de su abuela que le decía “ no llores, no llores”. El niño, ante la insistencia, se rebeló en sus emociones y le dijo “ llorar es otra forma de amar”. 

Duele el amor. Duele cuando lo tenemos, porque nos volvemos empáticos y las penas del ser querido son nuestras, duele el amor no correspondido, y no por egoísmo ( amar es dar sin esperar nada a cambio) sino por la impotencia de dar amor que no quiere ser recibido, duele cuando lo perdemos, porque nos sentimos huérfanos de afecto y nos aflige el tener tanto que dar y no tener quien recibirlo. 

EL amor y el dolor es una especie de binomio mal entendido, porque lo contrario al amor no es el dolor, sino la ausencia de él. 

“ Una vez tuve un clavo,

clavado en el corazón,

 y no me acuerdo si era aquel clavo

 de oro, de hierro o de amor”

“ después ya no sentí más tormentos,

ni supe lo que era dolor.

Supe que tan solo  que no sé qué me faltaba

en donde el clavo faltó”
Rosalía de Castro


No quiero que te vayas dolor,

última forma de amar.

Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles,

 no en ti, ni aquí, más lejos:

en la tierra, en el año de donde vienes tú,

en el amor con ella y todo lo que fue.” 
Pedro Salinas.  

 No entendí hasta ese momento que yo lloraba por amor. Creí que lo hacía por pena, nostalgia, por desazón, por lo que se fue y no volverá. Probablemente, también, pero el que muchas veces se me llenen los ojos de lágrimas al recordar a quienes quise y ya no están, no era más que una demostración del amor que aun sentía por ellos, un amor intacto e imperecedero, que no caduca en el tiempo, que no se va aunque ellos ya no estén físicamente. 

Adela dejó una carta de despedida. En la vida, uno no solo se describe por lo que hizo o fue, sino por cómo se marcha. Y ella lo hizo como lo que era, una persona bondadosa, generosa, humilde, dando las gracias a la vida. Cuando supo de su inmediato fin, tuvo la valentía de coger el teléfono y despedirse de su círculo más próximo y dejar escrita, con su preciosa letra, una carta que nos conmovió, aún más si cabe, a todos en la iglesia. No podía ser de otra manera, en la boca de una de sus hijas, agradeciendo lo que tuvo, lo que le fue dado – incluídas sus tristezas- y la paz interior con la que se iba, hablando de la sabiduría de su dios, en el que tanto creía, y con el cariño que siempre trató a todo el mundo.  Nos quedamos sin respiración, con la emoción contenida, con lágrimas en los ojos que empezaron a brotar para demostrar nuestro afecto y cariño hacia ella. Y lo que mejor la describió al finalizar el acto “ pasó por el mundo haciendo el bien”. 

Al salir, la noche estaba lluviosa y fría. Un mundo más huérfano de buenas personas. El cielo también lloraba. ¿Cómo evitar sufrir por amor? ¿No queriendo? ¿Obviando cualquier vínculo para ahorrarnos cada lágrima, cada momento de angustia, cada dolor en soledad?¿ Es posible vivir sin establecer vínculos con nadie por el mero hecho de evitar que nos hagan daño o podamos sufrir?. 

Siempre que se me pasa por la cabeza este pensamiento, recuerdo aquella frase de la película “ El primer caballero”. “ Un hombre que no teme a nada, no ama nada.  Y si no amas nada, ¿ qué dicha hay en la vida?”. El sentido a todo esto, a sufrir en la vida, y a aspirar a no sufrir cuando uno se va a morir ( así debiera ser), no es otro que el querer. Adela así se lo hizo saber a sus hijas. No temía a la muerte, creía que existía otra vida mejor, pero sí se iba con pena por no volver a ver más a sus seres queridos.  Porque tener un clavo en el corazón, puede no ser tan malo, porque llorar porque nos emocionamos, es un acto de amor, porque afligirnos por los que se van, nos hace sentir que estamos vivos.

La otra noche, cuando subía ya tarde de trabajar, me fijé que encima del mar, se descubría una hermosa luna llena en el cielo despejado y una estrella que brillaba. Rebajé el ritmo de mi apurado paso y pese al frío, me quedé observándola unos segundos. Me emocioné. El amor sale por los ojos, sobre todo, cuando de repente, por un pequeño instante, te das cuenta, que también amas la vida.

lunes, 8 de diciembre de 2014

EL DUELO


LA PREGUNTA
Cuando llora el corazón
Sobran las palabras
Y los ojos ni osan mirar.
La firmeza huye de las manos
Y parecen los pasos temblar.
Cuando llora el corazón
El sentido se ha escapado
Y ausente está la voluntad.
La confusión la mente ha encerrado
Y la única compañía es la soledad.
Una sola pregunta viene a retumbar
¿ cómo, cuándo y por dónde empezar?
Enrique Momigliano

Nos da miedo la muerte.  La vemos como un trance inevitable pero intentamos obviarla en toda conversación ( si no se habla de ella, no existe) salvo cuando empezamos a cumplir años, pasar lista y te falta mucha gente. Siempre escuché a personas de avanzada edad aquello de que más que miedo a la muerte, tenían miedo a la enfermedad y yo me asombraba pensando qué puede ser más horrible que nuestra extinción, dejar de ser quienes somos, desaparecer, no volver a ver a nuestros seres queridos y la Nada, para los no creyentes. Pero por desgracia, uno no comprende casi nada salvo cuando lo experimenta en carne propia, así que he tenido que enfrentarme a la enfermedad de un ser querido y su pérdida, para entender eso de peor la enfermedad que la muerte.  La muerte es el descanso, el dejar de sufrir, de perder la dignidad por una enfermedad que merma tu autonomía, la capacidad de ser auto suficiente, de razonar y finalmente, perder lo que nos hace humanos. Total, para dejar de existir.

Lo peor de la muerte es que, los que nos quedamos,  no sabemos muy bien cómo afrontarla.  Por un lado, es un tema tabú. El duelo es esa cosa que hay que pasarla cuanto antes, como si fuera un resfriado sin más paliativos que inocularte un supuesto ánimo y alegría por estar vivo, pero sin Frenadol.  Hace unos días falleció mi tía mayor . Y fue curiosa la frase que pronunció un familiar en la puerta del cementerio, cuando llegaba el coche fúnebre y mi madre rompió a llorar “ no llores ahora, ya llorarás en casa” como si el llanto por la pérdida de un ser querido pudiera contenerse o llorásemos en diferido y cuando se nos antoje, además de ser el acto más indicado para un entierro y no estar en absoluto, fuera de lugar. Es una muestra de respeto,  afecto, despedida…el último acto por alguien que ya no existe.

 La muerte de un ser querido te cambia, al igual que te cambia la enfermedad. Nos recuerda que somos vulnerables, que dependemos de los demás, es una cura de humildad para bajarnos los humos cuando nos sentimos invencibles, que todo lo podemos y no necesitamos de nada ni nadie.

En mi vida hubo dos acontecimientos que me cambiaron absolutamente. Cuando le detectaron el cáncer a mi padre  y nos confirmaron el diagnóstico aquel 5 de Agosto del 2009 y cuando se murió, el 1 de Noviembre del 2013. Con la detección de la enfermedad estuve en estado de shock  hasta que empecé a asimilar la posibilidad de perderle. Y como le ocultamos ( mal hecho) la gravedad de lo que tenía en sus inicios, cargué con la losa de la mentira que me pesó hasta el punto en el que lloraba, fuera de casa, no podía hacerlo en ella, con quién cuadrase, con clientes, en el trabajo. No tuve esa habilidad que decía el otro día mi pariente en el cementerio de controlar el llanto y llorar cuando me diera la gana. Los cambios que uno sufre a veces, no se notan, y otras, salen por los ojos sin remedio. Me decía por entonces mi psicóloga ( qué remedio, tuve que pedir ayuda) que nunca acababa de caer, que siempre parecía que estaba a punto y me aferraba a no hacerlo y mientras no me cayera, sería imposible que me levantase. La enfermedad me aterraba, y la muerte me enmudecía, era un miedo que se agarraba a la garganta y me impedía gritar. Ese miedo que te enferma,  te paraliza, te cambia. Nunca vuelves a ser tú.  Supongo que las prioridades cambian, la percepción del mundo también, y te vuelves adulta porque eres tú la que tomas las decisiones, no tus padres.

Pero cada prueba, cada quimio, cada revisión…eran un magnífico momento para explicar tu dolor y tu miedo, pero no eres capaz.  Entonces, ese extraño tiempo de espera, de resultado sabido, parece algo irreal. Estás tan afanado en cuidar, en ayudar, en estar pendiente de otros…que, de repente, se apodera de ti un extraño vacío. Al principio es un vacío, después una irrealidad, para finalmente un dolor insoportable que hace que no puedas ni hablar. No hay palabras para describirlo, quizá las sensaciones del cuerpo, el agotamiento del alma y el fin de la fe, de que a lo mejor, era posible otro final. 

Cuando mi padre enfermó hacia el final inevitable, el tiempo deja de medirse en minutos, para hacerlo en momentos. Los de lucidez y los de mitigar el dolor. Todo carece de importancia, hasta tú mismo, lo importante es que ese trance, sea lo más apacible posible. La impotencia se mide en tus manos que no pueden hacer más, en tu mente que no para de pensar. Sin embargo, pareces programada para administrar las dosis requeridas y ni se te ocurre plantearte la posibilidad de claudicar al cansancio o el dolor.  Tampoco se te ocurre que quizá, debieras despedirte.

Y lloras, sí, el día del entierro, y luego estás unos días en una especie de trance extraño, reubicando las cosas y deshaciéndote de sus posesiones, porque cuando racionalices la pérdida, seguramente, no serás capaz. Y te aferras al olor de su habitación, donde abrió los ojos por última vez.  Pasan los días, y entonces, cuando de verdad te apetece llorar, los bien intencionados te dicen que la vida sigue, que a él no le gustaría que llorases ni estuvieses mal.  Pues sí, necesitas estar mal, y pasar ese duelo-catarro como te plazca, y llorar 5 meses después, porque el dolor cuando vuelve, duele como el primer día,  te revuelve por dentro y te sientes sola sin esa persona que antes formaba parte de tu vida y ya no está. Porque cambiamos, vaya si lo hacemos, cambiamos porque nada volverá a ser lo mismo, porque falta esa pieza de puzle que hace que, por mucho que reubiquemos las demás piezas, habrá un vacío que no se podrá llenar. Como bien dice Rosa Montero en su libro “ La rídicula idea de no volver a verte”, nunca te recuperas, te reinventas. Ésa es la palabra, te reinventas porque lo que fuiste, ya no lo eres ni volverás a serlo jamás.

En esta tarea de duelo y reinvención, de intentar inocularme un positivismo fingido y suponer que la vida es lo que vemos, sin darle demasiadas vueltas, procuro cambiar alguna costumbre sobre que lo hacía y ya no puedo hacer. Porque antes de cambiar de móvil, aún tenía llamadas de mi padre que me preguntaba a qué hora iba a llegar para freír las patatas y ahora tengo que calentarme yo la comida. Y ya no tenemos leche condensada en la alacena porque a él le chiflaba hasta que empezó a aborrecer el dulce y no lo soportaba ( la enfermedad cambia hasta tus gustos) ni tampoco habrá pan de Cádiz en Navidad, que era el único que se lo comía junto con los mazapanes. No hemos vuelto a ver fútbol en casa, ni hay quinielas en el cajón, ni me pedirá que le revise el móvil porque ha tocado no sé qué tecla y lo ha desconfigurado. La vida está llena de estas pequeñas cosas a las que apenas le damos importancia porque forma parte de lo cotidiano pero es lo que determina nuestra existencia respecto de los demás, sus manías y costumbres, su presencia y su ausencia.  Nos acoplamos para convivir y al final, hasta las manías de otros, las hacemos nuestras. ¿ Cómo vivir ahora sin ellas?

Pero para superar ese duelo, hay algo que tenemos que afrontar.  La gran pena por no haberse dicho todo lo que teníamos que habernos dicho, haber discutido aquel día por una estupidez, o disgustarse por un mal gesto o mala palabra porque no teníamos buen día. Eso te genera la sensación de que no ha concluido, que había temas pendientes por zanjar, que había abrazos que no nos habíamos dado… que jamás pensamos que algún día, de verdad, será el último. Y entonces el duelo se hace largo, y te asola cierto sentimiento de culpabilidad, por no haber sido la mejor esposa, mejor hija o mejor persona. Esto, salvo quién haya sentido una verdadera pérdida, no puede entenderlo.

 Yo creo que el duelo es esa etapa en la que uno asume la pérdida pero se resiste a olvidar aunque te duela. Porque si olvidas, es como traicionar la memoria de un ser querido, hacer de tu vida algo nuevo como si nunca hubiera existido. Y también creo que cada persona tiene su tiempo de reestructuración, que no lo marcan los días, ni los años. Uno debe buscar un nuevo encaje en esto del sobrevivir, porque sí, somos supervivientes del tiempo que otros no tuvieron.  El duelo pasa cuando uno acaba esa conversación pendiente, aunque no esté físicamente con nosotros, cuando en voz alta le dices lo que sientes o si tienes algún reproche que te está mortificando, cuando nos sentimos en paz por la marcha y el convencimiento de que nuestra vida sería muy distinta si él/ella no hubiera existido, pero que esto ha llegado hasta aquí.  De vez en cuando, el dolor vendrá a agitarte un poco, llorarás en la ducha y en soledad, por eso de no estar bien visto compartir desdichas y penas. Si con la enfermedad siempre estuviste con una alarma, con la muerte, el vacío se hará omnipresente, será esa especie de compañía a veces no tan ingrata, que no te abandonará jamás. Y cuando esto pasa, entiendes que la muerte es algo natural y consustancial a la vida, imposible la una sin la otra.


 Paradójicamente, hacemos grandes esfuerzos por vivir con una felicidad impostada (¡ tenemos la obligación de ser felices por el mero hecho de vivir ! ), cuando, si fuéramos más conscientes de la muerte, haríamos de nuestra vida algo mucho más fascinante y sin duda, la disfrutaríamos mucho más. 

martes, 2 de diciembre de 2014

BAJO LA LLUVIA



"Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte."


Lluvia- Federico García Lorca


Hace ya algún tiempo, me propusieron un juego. Que dibujase a una persona bajo la lluvia, le pusiese un nombre y me inventase una historia. Así que me afané en tal tarea y dibujé a una mujer perfectamente equipada bajo la lluvia, paraguas, botas, gabardina, e inventé una historia en la que esa mujer caminaba apurada por la calle, como si tuviese que llegar a algún sitio y el tiempo se le escapase. Sin embargo, durante un instante, se paraba ante un escaparate de tienda de animales y veía un perro desvalido, con mirada triste, que observaba tras el cristal, el devenir de los viandantes, sin mayor aspiración que un momento de afecto, aunque fuera fugaz, a la espera de un nuevo dueño que le acogiese con cariño y pudiese salir de aquellos escasos metros en los que lo habían hacinado. Esa mujer se paraba y le miraba, percibía sus ojos tristes y pensaba que ojalá pudiera llevárselo de allí pero que ahora no tenía tiempo para los afectos.

Y allí estaba yo, con mi dibujo, mi historia, preocupándome de perfeccionar ambos, la imagen de la lluvia caer, la mujer impecable sin mojarse, el perro con mirada melancólica… cuando resultó que el quid del juego no era otro que descubrir cómo era yo, porque inevitablemente uno dibuja lo que conoce, escribe de lo que sabe y pese a que todos tenemos un lado oscuro y oculto al resto del mundo, proyectamos una parte de lo que somos. Así que resultó que la que estaba bajo la lluvia era yo, que ante tal inclemencia, me había preparado convenientemente, no vaya a ser que la lluvia me mojase, caminaba de prisa sin pararme, y obviaba cualquier sentimentalismo porque el tiempo era escaso y  eso del querer no era productivo.  Y es cierto. Uno va por el mundo equipado para evitar sorpresas, lleva paraguas “ por si acaso”, camina deprisa controlando el tiempo, programando tareas… pero apenas observa lo que pasa a su alrededor, porque el tiempo es para sentirse útil, para trabajar y no puedes improvisar.

¿ Y qué pasa, si en vez de ir tan equipada bajo la lluvia, me mojo? Nos enseñan a preservarnos de la lluvia, del frío, del sol, de la vida, de no poner el corazón en lo que hacemos so pena que te lo rompan…y lo interiorizamos como algo tan normal, que no dejamos margen a la improvisación, a la espontaneidad,  al “yo” un poco asilvestrado pero natural, un poco más nosotros, sin contaminaciones, sin convencionalismos ni imposiciones. Tal vez, tras reflexionar sobre esto, la historia sería bien distinta, y la mujer bajo la lluvia, levantaría la cara y las manos para sentir como cae, caminaría despacio, se reiría porque todos la tomarían por loca ( lo racional es correr, protegerse, resguardarse) y finalmente, adoptaría el perro porque se sentiría más plena arriesgando un poco su corazón queriendo a un ser vivo. Claro que, parece fácil hacerlo pero ya se sabe que la razón es esa alarma permanente que quiere controlarlo todo y no deja nada al azar. El ser humano tiende a acomodarse, los cambios le dan miedo, le desazonan, rompen esa seguridad de lo cotidiano y conocido. Nos sentimos seguros controlando. ¿ Cómo encontrar el equilibrio entre lo que somos, lo que los demás esperan de nosotros, y lo que de verdad queremos?.

A veces, mojarse bajo la lluvia, puede ser la respuesta.


domingo, 12 de octubre de 2014

EL SOL EN LA CARA



Melancolía
Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.
- Manuel Machado, "Melancolía"

Hueles a hoja caída y lluvia ligera, a amaneceres pesados y color sepia, a tardes melancólicas y vientos con arena que arremolinan en el suelo los sueños del verano, hueles a amores que vinieron con pasión para irse con sosiego, o tal vez, se queden a hibernar para aclimatar el corazón.

Hueles a cumpleaños, como cada año en Octubre, a días cortos y noches largas que nos atemorizan cuando acecha el insomnio. Porque el otoño es la melancolía por un verano que nos dejó demasiado rápido sin secar la humedad del alma y el dolor por la ausencia que hizo pedazos la esperanza pensando que era posible y al final, no pudo ser. La melancolía por la mano que se aferra a la tuya y te niegas a soltar porque si lo haces, se irá para siempre, desesperanza por un futuro que se desvanece en la oscuridad y la lluvia impertinente que no te deja ver a través del cristal.

 Tantos años fuiste la hoja en blanco de un cuaderno, el olor a nuevo de los libros de texto, la oportunidad de empezar otra vez, de crecer a la vez que mermaban las horas de luz, de soñar que todo era posible, solo había que quererlo con todas tus fuerzas.

Fueron muchos otoños, muchos años, y sin embargo, éste último me enseñaste que no hay mayor prueba de amor que la de querer asumir el sufrimiento ajeno para evitárselo a quién quieres. Comprendí que cada uno ha de ser dueño de su tiempo  y decidir qué hacer con él. Aprendí que llorar no es signo de debilidad, lo es no levantarse cuando te caes, cuando crees que no tienes fuerzas y las sacas de ese lugar intangible que es el alma.  Me enseñaste lo que es el miedo compartido por lo que pasará sin remedio y que la empatía nunca comprenderá el dolor ajeno por mucho que nos empeñemos.

Y este mes recuerdo todo lo que me enseñaste, cómo olvidarlo, aquella mañana de domingo en la que mi padre salió de casa por última vez.  Nos sentamos en el parque más próximo a su casa, el sol calentaba y hacía una mañana agradable. En silencio, mi madre, mi padre y yo. Entre las nubes, asomaba el último rayo antes del frío invierno, una luz dorada que resaltaba el marrón de las hojas caídas. Mi padre cerró los ojos para sentir el sol en la cara. Se escuchaban pájaros y un suave rumor de voces lejanas. Y allí estuvimos un rato, disfrutando de la luz antes del ocaso.

No he vuelto a sentarme en el parque. Los recuerdos aún duelen. Me persiguen porque me resisto a olvidar, el dolor me demuestra que existió, que todo fue real y no un sueño. El no dejarle ir me hace daño pero hacerlo es asumir una pérdida que aún duele demasiado.

Ayer aprendí que estamos tan pendientes del destino, que nos olvidamos del trayecto. Y mi padre sabía su pronto destino, pero mientras tanto, disfrutaba del trayecto de la vida que le quedaba, del sol de la mañana, de los cánticos de los pájaros en el parque, de la presencia de sus seres queridos a su lado, sin hablar, porque no hacía falta.

Sé que es tiempo de pasar página, porque la vida no espera a nadie. Sin embargo, este otoño huele a ausencia, a hoja en blanco otra vez, la de una vida que se acabó pero hay otras por escribir, la de quienes nos quedamos desolados y rotos. Asi que cada mañana, cuando salgo de mi casa y veo el sol asomando por el mar, el cielo azul  y la brisa que anticipa el frío otoñal, recuerdo aquella imagen de mi padre en el parque. Cuando el dolor se hace insoportable, cierro los ojos y quiero sentir el sol en la cara, que caliente mi piel, que seque las lágrimas, que relaje esta desazón. “Dejad que me dé el sol en la cara”, pienso, porque es lo que de verdad importa, seguir sintiendo mientras estemos vivos.