domingo, 31 de julio de 2016

EL PODER DE UNA MIRADA




“ El alma que puede hablar con los ojos, también puede besar con la mirada”
Gustavo Adolfo Bécquer

Antes de empezar este post, os invito a ver este vídeo.

  

Sin saber más, sin tener más información, todos hemos entendido el mensaje. Hay emoción. Ella permanece impasible ante todos aquellos que se sientan enfrente, con la mirada perdida , sin mostrar ningún sentimiento, emoción. Hasta que se sienta ÉL. En cuanto ella le mira, se nota un pequeño cambio, sin apenas hacer muecas con la cara. Lo notamos en su mirada, en su emoción contenida. Ella piensa, rememora, asimila. Seguramente, pasarán imágenes por su cabeza de ese pasado compartido. Él asiente, sonríe. No hay palabras. No hacen falta. Mantienen su mirada sin necesidad de decirse nada porque ya se lo dicen todo con los ojos. Y se les llenan de lágrimas hasta que ella tiende sus manos y se tocan. No pensamos que son viejos amigos. Pensamos en una historia de amor intensa, viva, de mucho tiempo, en la distancia. Quizá en un amor imposible, o una amor inaccesible, de esos complejos que impiden que puedan estar juntos, pero que se querrán siempre.

Miramos poco para comunicarnos. Hablamos poco con la mirada. Evitamos el contacto visual para ocultar lo que sentimos o pensamos. Cuando algo nos da vergüenza o pudor, bajamos la mirada. Mantener fijos nuestros ojos en los ojos de otra persona es una sensación tan intensa que solo la admitimos unos pocos segundos. Mirar intensamente incomoda. Que nos miren fijamente, incomoda. Sin embargo, cuando hay muchas cosas que decirse, la mirada es la mejor narradora. Ella no miente, no omite, no usa eufemismos, no maquilla ni suaviza. Es imposible ocultar nada. Simplemente sale a borbotones, en forma de lágrimas, de afecto, de angustia, de nostalgia, de amor.

La historia de este vídeo es ésta. Una pareja de artistas, Marina Abramovic y Ulay, dedicados al arte escénico y que colaboraron en los años 70, un día deciden separarse, quizá porque su historia era tan intensa, que finalmente no llevaba a ninguna parte. Hacía muchos años que no se veían. Marina realizó esta performance en el MoMa de Nueva York  en el 2010 y entonces apareció Ulay. Lo que ocurrió entre ellos, pertenece a su intimidad.  Lo que trasciende de esto es que, como dice ese proverbio tan conocido, “ quien no entiende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación”. 

viernes, 24 de junio de 2016

AMOR DE CONSUMO



“ Siempre gana quien sabe amar”
Hermann Hesse

Hace unos días comí con un amigo soltero que me explicó cómo funciona eso del ligoteo. “ Ahora ya no se liga en los pubs ni en los bares, ahora se liga por internet.” “ hay diferentes aplicaciones donde te apuntas y cuando te ponen “ te gusta” es cuando decides si quieres o no contactar con esa persona. Si a ti también te gusta, le permites ves tu perfil “. Y me muestra una retahíla de fotografías de mujeres con poses más o menos ridículas que parecían decir “mira qué guapa soy, elígeme”. A mí, que me da pudor hasta cambiar la foto de perfil del Facebook, aquello me produjo vergüenza ajena. El mercadeo de carne y exposición ante personas que no conoces, como si las personas fuéramos solo un envoltorio y en esto del ligar y gustar no funcionasen otros factores más que la vista, me pareció una involución absoluta en lo que respecta a relaciones sociales. “ seamos sinceros, no se trata de gustar o buscar pareja, se trata de follar”. ¡Acabáramos! “ Aunque yo me apunté para conocer a gente. El otro día quedé con una chica y tras dos cafés se enfadó conmigo porque no quería ser su novia”. O sea, que ellas buscan algo más y ellos buscan echar un polvo. “En general, sí”. 

Desde entonces estoy reflexionando acerca de qué clase de educación hemos recibido las mujeres hasta llegar a un punto en que no hay entendimiento entre los dos sexos. A nosotras nos han vendido la estabilidad y el amor y a ellos el goce y disfrute sin complicación. Como en todo, no se puede generalizar, pero sí pensar que igual en alguna parte de nuestra formación y valores, los caminos se dividieron y nos adoctrinaron de diferente manera. Que el hombre es más visual que las mujeres es un hecho. Probablemente de ahí el exceso de preocupación por la estética en las mujeres y el relajo general de los hombres cuyo éxito ya estaría más o menos garantizado con tal de ser limpios. Por otra parte, somos diferentes en la forma de encarar las separaciones. Las mujeres necesitamos afrontar la situación, recuperar sosiego y tranquilidad para cicatrizar las heridas y ellos enseguida se apuntan a páginas de citas o buscan suplente, como si el amor fuese algo de mero consumo y las personas perfectamente intercambiables y sustituibles. Amor de usar y tirar, relaciones que no funcionan pero enseguida buscan sustituta, porque  “tienen necesidades”. Como si las mujeres no fuéramos seres humanos y no tuviéramos necesidades. Este amigo me decía hace años “ no nos engañemos. Los hombres lo que buscan es un sofá. Cuando acaba una relación, enganchan otra porque quieren otro sofá donde ver el futbol acompañados”. Claro que esto podría ser cierto… en parte. Porque después está ese otro grupo de hombres casados de doble vida y doble moral. Esos que salen de fiesta con los amigos y si cae algo, no pasa nada. Eso sí, su “santa” en casa con los niños, a la cual salvo que les descubran, no dejarán jamás, pero sí pueden permitirse licencias al margen de la obligación conyugal, “ porque tienen necesidades”. Ellas no, nunca las tienen, son ellos porque son seres primarios con necesidades primarias. Entonces te preguntas si los matrimonios no serán algo así como una sociedad mercantil, donde lo que mantiene unidos a los “ socios” son los bienes en común y no quieren renunciar a determinados estatus mientras miran para otro lado. “ Lo saben, solo que no quieren verlo. Si no tienes relaciones con tu pareja, buscas en otra parte”. 

Así que estamos como estamos, en una sociedad hipócrita de apariencia de estabilidad mientras tiene doble vida y doble moral ( estoy segura que el 90% de los hombres tendrían una relación extraconyugal si les garantizasen que sus mujeres no se iban a enterar), una sociedad de amor de consumo ( a rey muerto, rey puesto) y donde las relaciones sociales se han visto relegadas por las relaciones virtuales donde el sujeto deja de ser subjetivo, con sus características, cualidades, virtudes, personalidad, para convertirse en objeto de deseo para consumo como un kleenex, un “ aquí te pillo, aquí te mato, sexo y diversión sin complicación”. 

Visto esto quizá yo sea una “rara avis” en esto del amor de consumo, ligues por internet y doble moral. Será que para mí las personas son singulares e insustituibles, cada persona es única y por tanto, no intercambiable, que los afectos no se suplen con otra mancha de mora y que las personas somos algo más que un cacho de carne con ojos a la que poner puntuación.  Que si uno está infelizmente casado, debiera romper con lo que le hace infeliz y dejar de engañarse y engañar, comportarse como alguien comprometido y dejar de pulular en los dos estados civiles. O si uno acaba de romper con su pareja, darse un período para asentarse emocionalmente y superar la pérdida de un ser querido. En todo esto nadie se ha parado a pensar que las personas tenemos sentimientos, que si uno espera algo más del otro, debiera ser claro, que hacer daño a la personas tiene consecuencias si eres empático, y que te puede pasar a ti.

Ninguna red social ni aplicación del móvil pueden sustituir las relaciones personales, la de mirar a los ojos a las personas y utilizar los sentidos para conocerla, la del amor a fuego lento, sentir afectos y empatizar, la de la paciencia y el sosiego, la de la ilusión y esperanza de que esa persona, merece la pena. Algo así como lo que cantaban “ Los panchos”: “alma para conquistarte, corazón para quererte y vida para vivirla junto a ti”.



miércoles, 15 de junio de 2016

MUCHO RUIDO


¡Qué descansada vida 
la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!

Fray Luis de León

Llegas a casa tarde, aunque en estos días de verano, los más largos del año, aún hay luz y piensas que es temprano para acostarte. Improvisas algo para cenar, suave, para salir del paso. Enciendes la luz de la cocina, aunque se ve con la claridad que entra por la ventana. Repites los rituales habituales, casi mecánicos. Enciendes la televisión, sin que te importe mucho lo que echen, pones la mesa, los cubiertos, el vaso, el plato. Con cierta desgana, empiezas a cenar mientras haces zapping para intentar encontrar algo que capte tu atención. Reallity shows, gente que busca pareja, series repetidas, alguna película ñoña, debates políticos casposos…nada nuevo. Miras el móvil y te conectas a las redes sociales, a ver qué hay de nuevo.  Mensajes de whatsapps acumulados. Los lees verticalmente mientras bajas con el dedo el listado. Así se suceden los días. Tus días. Una y otra vez. En soledad en tu casa, pensando que estamos tan comunicados y a la vez, tan solos. Comunicados con el mundo pero incomunicado contigo mismo. 

Hace mucho que no te paras a pensar qué es lo que quieres, ni tampoco cómo te sientes. Necesitas del ruido, del bullicio, de llenarte de cosas y tareas para no pensar, de correr de un sitio para otro dando sensación de ocupación. Mucho ruido, sobre todo, ruido. Ruido de mensajes, ruido de was, ruido de avisos. A todas horas, ruido. Y nunca estás en silencio, nunca te paras,  nunca piensas, porque pensar te da miedo, no te gusta preguntarte porque no te gustan las respuestas, no te gusta pensar porque pensar implicarte enfrentarte a ti. Mejor que haya ruido, de ese que distrae y te enfrasca en algo que no sea uno mismo, ni pensar en tu vida, ni entender que lo que distrae, evita que sientas. Solo en la oscuridad de la madrugada, retornan los miedos y las secuelas de un pasado no superado. El silencio te enfrenta a lo que eres, mientras paseas como un alma en pena por cada estancia, te escuchas y no puedes escapar. Y cuando el silencio delata los miedos, enciendes la televisión o lees un libro, algo que distraiga ese demonio que martiriza y causa dolor, porque pensar sin ahondar en la herida no es suficiente exorcismo para espantar los males.


Hay que ser valiente para desconectarse del mundo y reconectarse con uno mismo. Porque podemos huir a centros comerciales y comprar muchas cosas para paliar el vacío, podemos asistir a grandes eventos llenos de gente cuyo bullicio impide hablar, podemos trabajar muchas horas y sentir que nuestra mente está tan ocupada para no pensar en lo que nos depara la vida o si nos llena o estamos a gusto con nuestra situación actual. Podemos conectarnos con mucha gente y hablar de cosas intrascendentes. Pero a veces hay que huir del mundanal ruido para escucharnos sin temor a lo que podamos decirnos. El silencio te reconcilia con tu alrededor. Escuchas más allá de lo que ves, los pájaros, la música que suena en tu cabeza, los latidos de tu corazón. Percibes emociones y las resaltas. Saboreas la comida y el primer sorbo de café de la mañana te inocula energía. Ves lo que hay a tu alrededor y lo miras con curiosidad e interés. Disfrutas del amanecer siendo la primera imagen que ves al salir de casa por la mañana. Sientes que el viento en la cara despeja las ideas y oxigena tus poros. Solo tienes que pararte y no distraerte con estímulos innecesarios. Apagar el móvil, desconectar el ordenador, no estar siempre disponible. No más ruido. No de ese que nos lleva por la inercia de la costumbre sin cuestionarnos nuestra infelicidad y rutina, y que cuando ya no tengamos tiempo, nos reprochemos por qué no nos paramos cuando pudimos y por qué no fuimos valientes para silenciar ese ruído alienante que nos impide ser nosotros mismos. 


domingo, 5 de junio de 2016

EN SUS ZAPATOS




NO TE DETENGAS
( ...) Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …
Walt Whitman 


Hoy me he puesto las Converse de mi padre. De las pocas cosas que nos quedamos y que caben en una caja, guardé sus zapatillas azul marino. Son clásicas, solo una estrella blanca en un lateral rompe la monotonía del azul marino. Clásicas como vestía él, que apenas cambió de estilo en años, salvo adaptarse por imposición de mi madre ( es lo que tienen las madres, se imponen hasta eligiendo la ropa de sus maridos) a algunos dictados (o dictaduras) de la moda.  


Son cómodas, aunque me quedan un poco grandes, calzaba un número más que yo. Se amoldan bien a mis pies, aunque los pliegues del andar de mi padre no coinciden con los míos. Cada uno pisa de manera diferente, hace sus propios pliegues, estira la lona conforme convenga y roza donde considere. Seguramente me rocen en un sitio diferente que a él, lo averiguaré cuando las ponga sin calcetín, que esto siempre es arriesgado y muchas veces da desconfianza quitárselo, a nadie le gusta que le hagan daño y aunque curen las ampollas, siempre quedarán cicatrices. 

Ponerse los zapatos de otra persona, te da perspectiva. Piensas cuántos kilómetros habrá caminado con ellos, qué cosas habrá visto y vivido, si hay una piedra dentro, en qué momento del camino se la habrá quitado o si la ha soportado estoicamente hasta que la molestia era más que fuerte que su voluntad para seguir caminando. Piensas también si siempre ha caminado por el camino considerado correcto o ha cometido alguna insensatez al salirse del camino trazado y explorar otros nuevos, aventurarse a cambiar de ruta sin tener plano o GPS o seguir la senda que te han marcado otros sin cuestionarla.  Mi padre no era de los que arriesgaban, pero quién sabe lo que pasa por la cabeza de cada persona. Hay rastros que no se borran, hay pisadas que dejan huella, hay caminos que ha recorrido antes que tú y te avisa de que por ahí duele. Mi padre siempre me decía que no me conformara. Ni con mi vida, ni con lo que quisiera hacer. “ No te conformes” . Y aun después de irse, seguía escuchando estas palabras en mi cabeza.


 Me gusta ponerme sus zapatos, aunque no he sido capaz de ponérmelos hasta ahora. Dejan la huella de su paso por mi vida. Los pliegues facilitan que ésta no duela tanto, y las ampollas y cicatrices que me hagan, podré paliarlas de mejor forma que si éstas fueran nuevas. Él me dejó el camino, con algunas dificultades menos, pero con sus zapatos, para que me fuera más cómodo recorrerlo,  aprendiendo a soltar amarras y cambiar de recorrido si éste no es el que yo quiero. “No te conformes" me dicen mientras las miro en mis pies. Y no, no me conformo. Ya no.

sábado, 26 de marzo de 2016

UNA VIDA, MUCHAS VIDAS


“Cada (tic-tac) es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite.
Y hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir.
 Que cada uno resuelva como pueda”.
FRIDA KAHLO


Hace unos meses se me dio por ordenar un montón de fotografías que tenía desperdigadas en varios sobres con sus negativos. Por aquel entonces, no había la inmediatez de la foto digital ni las fotos de consumo de usar y tirar como ahora. Las fotos se sacaban en momentos puntuales, eventos sobre los que queríamos guardar un recuerdo, ya no digo para siempre, pero sí para la posteridad, la breve posteridad de lo que somos y dejaremos de ser algún día.

Revisándolas, en algún momento sonreí y en otros me pudo la nostalgia. Son segundos robados al pasado en los seguramente fuimos felices o al menos, lo intentábamos. Lo sorprendente es que apenas me reconocí en muchos de ellos. No soy la de entonces, nadie lo es, estamos en continuo cambio conforme pasan los años y los avatares de la vida nos van golpeando con más o menos fuerza para tener varias vidas en una vida.  Esos momentos parecen estar en compartimentos estancos donde empiezan y terminan, para a continuación, con algo más de sapiencia y menos inocencia, pasar a otro momento de nuestra vida. Pero a veces esos compartimentos interactúan y lastran, impidiéndote cerrar capítulos agotados que no llevan a ningún lugar. Jorge Bucay en su libro “El camino de las lágrimas”  habla de las pérdidas, del  duelo necesario para poder seguir con nuestra vida. Claro que cuando uno habla de pérdidas, piensa en alguien que ya no está porque se ha muerto. Sin embargo, pérdidas es todo aquello que dejamos atrás. Amigos, situaciones, afectos, trabajos, casas, ciudades, lo que fuimos y ya no seremos jamás. Amigos de nuestra infancia que no hemos vuelto a ver, cambios de centro de estudios, de ciudades, de retornos, de trabajos y compañeros. La vida está hecha de despedidas continuas, de principios y finales, de caminos y senderos más o menos complejos, de lágrimas y nostalgias, pero que suponen también nuevas oportunidades para explorar y seguir improvisando. Claro que a veces sería más cómodo tener un guión preestablecido que improvisar. Nos incomodan las sorpresas y nos gustan las rutinas, aunque éstas no nos agraden, tememos los cambios porque suponen un duelo, dejar lo que conocemos por un futuro incierto y sin plan B.

 Dejar el pasado duele. Duele y nos aferramos a él sin soltar el lastre porque lo pasado es conocido y lo que está por venir, no. Y ya no hablemos de una separación, del desamor. Cantaba Rocío Dúrcal que la costumbre es más fuerte que el amor.  La costumbre y el acomodo, viendo pasar el tiempo sin sorpresas, anestesiando emociones por el miedo al cambio, al temor al duelo, a recorrer el camino de las lágrimas. ¿A quién le gusta sufrir?.

A los que nos gusta controlar ( y odiamos descontrolar) nos ha costado mucho asumir que hay muchísimas variables imposibles de controlar con lo que descontrolaremos más de lo que nos gustaría. Cuestión distinta es cómo nos enfrentemos a ese descontrol. No obstante, nos frustramos y sentimos impotencia con aquello que no podemos cambiar. Cuando se le detectó el cáncer a mi padre, sentí el mayor miedo que he sentido en mi vida, impotencia, desazón, y un descontrol imposible de describir. Ya no era dueña de mis emociones, ni dependía de mi que se curase. Me tenía que resignar y ponernos en manos de otros, adaptarnos a una nueva rutina, exterior e interior. De repente te paras y piensas que lo que eras o creías ha cambiado radicalmente. Las prioridades cambian, la percepción del mundo también, de las personas, de los sentimientos. Y cometes el error de querer anestesiar el dolor que te embarga y te impide llevar una vida normal porque te aterroriza lo que puede venir o la posibilidad de perder a una de las personas que más quieres.  Es una realidad que no puedes cambiar ( esto sería lo primero que tendrías que asumir, no está en tus manos) pero sí puedes controlar cómo te vas a enfrentar a ella. Como bien describe el Dalai Lama “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.  El gran error que cometemos es negar ese dolor. Huimos. Huidas más o menos evidentes, silencios incómodos ( si no se habla, no existe), consumo de hipnóticos para dormir, ansiolíticos o antidepresivos para poder seguir viviendo, sin dolor, porque nos han vendido desde que nacemos que nuestro fin último en la vida es ser feliz, a costa de lo que sea, como sea y el dolor no forma parte de la ecuación de vivir. El que no es feliz es porque no lo intenta lo suficiente y hay que evitar todo aquello que perturbe este fin. 

Es imposible cerrar así esos compartimentos del pasado y seguir sin cuentas pendientes. Claro que para entender esto hay que pasar por momentos tristes y pérdidas que golpeen duramente nuestros cimientos que creemos imbatibles. Porque para resurgir tras un golpe, hay que pasar por él. Nadie aprende ni crece interiormente sin que un acontecimiento o circunstancia triste se produzca. Por eso a veces es bueno mirar el pasado para entender el presente y promover un futuro distinto. Yo solía mortificarme con los “ ojalá hubiera…” “ si en aquel momento hubiera hecho esto o lo otro…”. De nada vale lamentarse por algo que ya no puede cambiarse. Pero hay que pasar el duelo por lo que fue y se perdió para retomar el presente y saber que ahora sí se puede hacer lo que consideras necesario, ya no tanto para ser feliz, pero sí para alcanzar ese grado de plenitud que nos reconcilie con lo que somos y no tanto lo que quisimos ser. Si esto duele, aún hay esperanza, es que estamos vivos, y hay muchas vidas en una vida.


domingo, 21 de junio de 2015

CARTA A JULIETA



 
 EL PRINCIPITO - Antoine de Saint-Exupéry

    No habías empezado a respirar y ya cambiaste la vida de mucha gente para siempre. Tus manos pequeñas se agarraron fuerte a la vida y con el primer sonido de tu llanto, todos aquellos que te esperábamos impacientes, sonreímos repletos de felicidad. Tu llegada era tan deseada que te apabullamos a besos y caricias, esas que guardarás en el subconsciente toda tu vida, porque aunque apenas abrías los ojos y no pudieras hablar, la piel no olvida el tacto de otra piel, ni su olor, ni su calor. Vivir es una experiencia maravillosa, aunque a veces se hace un poco cuesta arriba y el camino no esté exento de trabas ni obstáculos. Pero salvarlos y superarlos son un estímulo y reto, y te aseguro que hay una gran satisfacción cuando las pruebas que se nos ponen, son salvadas con determinación y esfuerzo.
Crecerás con el cariño y amor inmenso de tus padres y tu familia, no solo la de sangre, sino la de los afectos sinceros de los amigos que por extensión a tus padres, te queremos desde el primer momento. Aún recuerdo a tu mamá diciéndome que te estaba esperando, la alegría inmensa de esa espera de meses un poco duros que afrontaba con su habitual sentido del humor.

 Hoy estás aquí, entre nosotros, deseando enseñarte tantas cosas…Pero no tengas prisa por crecer, porque nunca te sentirás mejor que ahora, cuando en las noches oscuras y tenebrosas, el abrazo reconfortante de tus padres apartarán del camino todo temor, ni cuando los cuentos se hacen realidad en los sueños, ni cuando las dudas te asaltan y preguntas a todas horas, con ansia de saber y todas esas preguntas tengan respuesta. Llegará un momento en que sufrirás, nadie puede evitarlo, pero el sufrimiento también hace que valores la alegría y los momentos felices, si no, no podríamos gozarlos de la misma manera. Cuando sufras y tengas ganas de llorar, llora, cuando quieras reír, ríe, o cuando ames, hazlo sin medida. Haz lo que tu cuerpo te pida, no limites ni obvies sus señales. Sé auténtica y no te mientas, porque mentirse implica morir un poco, dejas de ser tú mismo y nos obliga a fingir lo que no somos. La autenticidad es un valor en alza, en la forma de vivir, en la forma de ser, de comportarnos con los demás.  Cuando ames, hazlo sin pudor, sin dobleces, y entrega tu corazón a quien lo merezca. Puede que te equivoques, entonces es que esa persona, no era digna de ser querida por ti, y aunque te rompan el corazón, sigue sus directrices igualmente, con cautela pero sin temor, siempre al trozo más grande, al más auténtico, al más íntegro. En algún momento, ese amor te será correspondido y sentirás una sensación desconocida, que hará que te eleves hasta tocar las estrellas, no podrás vivir ni respirar sin esa persona, dejarás de ser egoísta para darlo todo. Sé generosa con los que no tienen o no pueden. Dar es mucho más gratificante que recibir, te completa como persona, y lo que uno da,  te será devuelto, en forma de afecto y cariño. 

Llegará un momento en que descubrirás que tus padres no lo saben todo, que no lo pueden todo, que no tendrán respuestas a tus preguntas. Los padres también necesitarán de ti con los años. A esto llama madurez. Cuanto más creces, más pequeños se hacen y más apoyo necesitan. Sé cariñosa con ellos. Te lo habrán dado todo y ahora necesitan de tu generosidad y comprensión. Recordarás su sabiduría cuando te enseñaban a caminar, cuando te cogían de la mano para que no te cayeses, o aprendías las primeras palabras para comunicarte con los demás.  Entenderás, cuando te leían cuentos de princesas y hadas, que las mujeres no debemos esperar a que nadie nos rescate de dragones o brujas, ni un príncipe azul nos liberará del opresor, sino que podemos hacer todo lo que nos propongamos, saltar murallas, luchar con espadas, montar a caballo, rasgar los vestidos largos y los convencionalismos y ser libres como el viento, sin más límites que nosotras mismas. 

No permitas que nada ni nadie te condicione, ni digan cómo debes vivir tu vida, porque tú eres la protagonista, la dueña de tus actos, la dueña de tu tiempo, de cómo quieres vivirlo, con o quién. Solo tú sabes lo que pasa en tu interior y solo tú, podrás decidir, aunque escuches consejos bien intencionados, tú tienes la última palabra. 

MI querida Julieta, intenta que este apasionante viaje que es la vida sea extraordinario, vive con intensidad todo lo que te pase, y lee, lee mucho, porque entenderás mucho mejor lo que acontece a tu alrededor. Solo espero poder disfrutar muchos años de tu presencia y verte crecer sana y feliz, sintiéndome muy orgullosa de tus logros y alegrías. Y si me necesitas, como siempre decimos tu madre y yo, sílbame, que tu hada madrina terrenal estará aquí para ayudarte y escucharte, que nunca te falten manos para sostenerte, que nunca te falte amor para abrazarte. 

Dedicado con todo mi cariño a Julieta, a sus queridos padres, Ale y Edu. 

jueves, 2 de abril de 2015

ERES UNA ISLA


“No es más sabio el que menos se equivoca,
sino quien más aprende de los errores”
Enrique Rojas

Lo cantaba Víctor Manuel, lo recitaba Mario Benedetti. Somos islas. Cada uno de nosotros, por mucho que tendamos puentes hacia otras islas, e incluso nos unamos para formar archipiélagos, al final del día, nos encontramos con nuestros miedos, frustraciones, retos, sueños… Un ostracismo que determina que la autosuficiencia es lo que se espera de uno, y la dependencia emocional o física, un signo de debilidad.

Hace unos días fui a ver a un amigo que está en su peor momento. Emocional y físico. Tuvo la desventura de sufrir un ictus en Diciembre y como suele ocurrir en estos casos, tiene paralizado medio lado de su cuerpo. También era una isla. Se movía de un sitio para otro, trabajaba, estudiaba, tomaba cafés con sus amigos, se valía por sí mismo. Ahora, sin embargo, necesita de los suyos, para manejarse en el día a día, hasta para sus necesidades más básicas, las que nos dan más pudor y vergüenza. Mantiene consigo mismo una lucha personal sobre su evolución, se frustra y desespera al ver limitada su capacidad ambulatoria por estar amarrado a una silla. Es absolutamente consciente del cambio que esto ha supuesto en su vida, y cada día, con la cabeza funcionando en ebullición, se pregunta sobre su futuro, qué podrá o no hacer, qué le tiene preparado el destino. Por mucha empatía que tengamos, nunca llegaremos a entender sus temores, sus noches en vela, la prueba tan dura a la supervivencia que supuso un antes y un después en su existencia. La insoportable levedad del ser se ha convertido en la insoportable soledad del ser. Desconfía de los buenos deseos y solo da credibilidad a los malos diagnósticos, porque los médicos son así, asesinos de esperanza para evitar la frustración de las expectativas no cumplidas.

Creo que pese a ser islas, al final, todos tenemos una dependencia emocional que muchas veces se vuelve física. Sentimos la ausencia como un dolor físico, el desamor como un nudo en el corazón y eso intangible e incorpóreo que es el alma, se rompe cuando perdemos a un ser querido. Dependemos de los demás para vivir, para darle sentido a nuestra existencia, y cuando estamos bien físicamente, es una dependencia emocional, pero también demandamos un abrazo, un beso, una caricia, una sonrisa. Necesitamos sentir y que en esos momentos del día que nos superan, percibir el calor humano que nos cobije y nos haga sentir queridos, más allá de las palabras.

Este amigo necesita de todo eso. Y necesita el motor que nos moviliza, que nos hace creer cada mañana, lo que nos da energía y hace que caminemos ligeros por la calle. La Ilusión. Ilusión por volver a caminar, por volver a sentir que es dueño de su cuerpo, por volver a sentirse independiente para decidir a dónde quiere ir y cómo, por mover la mano, la pierna y caminar de nuevo. Lo que nos es dado, y lo que le fue usurpado de forma repentina, con mala fe, nocturnidad y alevosía.

No obstante, yo creo que la vida le ha dado otra oportunidad. La oportunidad de luchar y hacerse digno de seguir, una prueba extraña y cabrona, para volver a empezar y redirigir su existencia. La primera prueba es la paciencia. El objetivo ahora parece inviable, pero solo se trata de dosificar fuerzas y marcarse metas alcanzables.

Como la vida es una carrera de obstáculos, cuando veo el objetivo muy lejos, no puedo evitar recordar uno de los pasajes de uno de los libros que he leído y más me ha impactado, por ser una prueba de vida, una lucha por la supervivencia, una muestra de la dependencia para sobrevivir, del trabajo en equipo y la solidaridad.   “Milagro en los Andes” de Nando Parrado, uno de los supervivientes de aquel accidente aéreo en los Andes de un equipo de rugby que sobrevivieron 72 días en las montañas. Uno de los pasajes más emocionantes y emotivos es cuando, conscientes de que, o buscaban ayuda o morirían allí, tres de ellos se aventuraron por las montañas en condiciones extremas para pedir auxilio. Y cuanto más avanzaban, más lejos quedaban las montañas y se disipaban sus esperanzas de conseguir ayuda. Nando Parrado lo relata así:









Al final, la batalla que libramos cada uno, contra nuestros miedos y limitaciones, es en solitario. Por mucho que queramos ayudar a alguien, tendamos puentes, busquemos afectos, y seamos seres sociales, somos islas que necesitamos la “voz en off” de nuestra mente que a veces actúa como freno y otras como el impulso necesario para encontrar motivación. Porque puede haber una causa externa que nos ilusione y sea el revulsivo necesario para movernos y actuar, pero sin duda, la energía para conseguirlo está dentro de nosotros. Yo lo llamo orgullo y satisfacción personal. Otros, supervivencia. Y estoy segura que este amigo encontrará la cantidad exacta de orgullo, satisfacción, superación y supervivencia para levantarse pronto de esa silla y volver a caminar. Solo tiene que buscar esa roca como objetivo e ir hacia ella, y cuando la alcance, buscar otra, y así hasta encontrarse cerca de la montaña y poder constatar, desde lo más alto, que si se quiere, se puede.